Mi autoestima contra la tuya

A lo largo de los últimos dos años he visto el tiempo pasar sin piedad, arrastrándome a una velocidad de vértigo a través de las horas y los minutos, mientras vivía las mejores experiencias de mi vida, suplicando clemencia, arraigándome a cada imagen, degustando cada sabor, dejando que emociones hasta la fecha desconocidas fluyeran en mi interior,  cargando de energía cada célula de mi cuerpo.

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En el transcurso de dichas experiencias he visto múltiples versiones de mí misma. He conocido a mi yo más divertido, el más interesante y plurifacético, fiel apasionado que me sumergía en profundas jornadas de fascinación por paisajes inéditos y colores intensos, capaz de hacerme llorar de pura euforia. Pero también he visto, ineludible, esa cara oscura de mi persona que tanto me cuesta aceptar como mía: egoísta, insegura. He conocido a mi yo más cobarde, capaz de salir huyendo de una situación brillante con tal de ahorrarse un posible desenlace doloroso.

Innata de esquemas mentales poco flexibles, he tenido que rediseñar mi autoimagen repetidas veces con tal de adaptarlo a la innegable realidad que me rodeaba, a veces resignada, otras muchas orgullosa, con el mentón bien alto, observando con gratificación esa versión tan satisfactoria de mí misma.

Negociando con mi ego a cada nueva adaptación cuán aceptables eras esos nuevos matices.

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Nunca supe si le pasaba a todo el mundo, pero desde que era pequeñita tendía a pensar que esa doble polaridad en la autocrítica era algo mío, y tal vez de un puñado más. Asumía con naturalidad que muchos carecían de inseguridades, que se amaban con esa incondicionalidad que insinúa una actitud bien ensayada. Me sucedía, especialmente, con aquellos a los que admiraba, los que me gustaban. No cabía en aquellas estampas de pureza posibles sensaciones de carencia.

Como si sólo yo dudara de mí misma.

¿Será que me quiero menos, y por eso veo en mí aspectos negativos? ¿Seré una persona poco segura de sí misma? ¿Estará mi autoestima dañada, doblegada o susceptible?

Con el tiempo, y a base de mucho observar, he entendido que todos tenemos consciencia de nuestras debilidades. Momentos de duda, altas expectativas, pánico a la decepción. Lo que al final nos condiciona no es la existencia de éstas, sino la actitud con la que las gestionamos. Que una actitud arrogante no te intimide, que un papel bien representado no te engañe: todos hemos tenido el enorme placer de conocer al miedo en persona.

Al fin y al cabo todo gira entorno a una misma idea: aceptar lo que es.

Es tan fácil como entender que nuestra perfección nace tanto de los rasgos que nos gratifican como de aquellos que nos asustan.

Sin reto no habría evolución.

Iris del Olmo

Aprender a amar

Después de mucho tiempo, cuando las heridas parecen cicatrizadas y te mueves dominado por una eufórica sensación de inmunidad y progreso, empiezas a entender.

Querer es peligroso hasta cuando se quiere de verdad. Dejar entrar al amor conlleva abrirle las puertas a la vulnerabilidad. Querer es una manera sádica de conocernos a nosotros mismos, destapar ante nuestros propios ojos aquellas imperfecciones que tanto hemos luchado por negar. 

  
Y ¿Querer cuando aún no se sabe querer? Eso sí que da miedo. Desear con toda tu alma dar lo mejor de ti y darte de bruces con tu pataleta infantil, tu indignación exagerada y tu ego conquistador. Y, al comprender, no saber qué decir por primera vez.

Pero nada asusta más que que te quieran de verdad. Recibir un amor incondicional, como una madre primeriza al estirar sus brazos temblorosos para agarrar a esa vida tan pura y llena de luz, sintiéndose tan profundamente afortunada como aterrorizada ¿lo haré bien? ¿Lo haré mal? ¿Estaré preparada? 

Querer y ser querido da miedo cuando es algo que ya has vivido antes y, de alguna manera, salió mal. O no salió. O salió corriendo sin mirar atrás. Cuando puede que no sepas lo que quieres, pero tienes muy claro lo que no quieres. 

  

  
Hoy no hablo de mí. Tampoco de ti. Hoy ni siquiera hablo, solo escribo. Intento estar callada, para mi sorpresa, y escuchar. 

Creo que para poder amar -querer, pero más- hay que ser muy, muy valiente, y muy cobarde a la vez. Hay que saltar y rendirse. Nadar y flotar. Entender que reírse es tan importante como lo es echarse a llorar.

Iris del Olmo

Todo lo que quiero de nosotros

Quiero poder tocarte todos los días de mi vida
Quiero que hogar signifique lo mismo para ambos
Quiero que tu humor infantil derrote mi mal humor menstrual
Quiero que seamos estúpidos e incoherentes y que nos dé igual
Quiero que estallemos en un ataque de risa histérica en cualquier lugar público sin que nadie sospeche la razón
Quiero que seamos un equipo
Quiero que te encanten todos mis regalos, hasta aquellos que detestas
Quiero gustarte cada día un poco más

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Quiero que sorprenderme siempre sea un reto para ti
Quiero que nunca dejes de esforzarte
Quiero que no dejemos de sentirnos afortunados
Quiero que solo el uno sea capaz de excitar al otro
Quiero que nunca nos falte la sed
Quiero llorar sin motivo y que me abraces
Sí, quiero que siempre me abraces
Quiero contar con tu indulgencia incondicional
Quiero soñar que te pierdo y aliviarme al despertar en tus brazos
Quiero que tus ronquidos me irriten
Quiero que el mejor momento del día sean nuestras noches compartidas
Quiero que el mejor plan sea no tener plan, pero juntos
Quiero ser siempre tu mejor plan

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Quiero que escucharnos el uno al otro jamás se convierta en un esfuerzo
Quiero pillarte mirándome y sonriendo
Quiero que separar nuestros caminos nunca sea una opción
Quiero que mis halagos te enorgullezcan
Quiero que mi presencia te resulte grata, sin importar dónde estás o con quién
Quiero escuchar tu voz todos los días que me quedan con vida
Quiero escucharte hablar de mí con admiración
Quiero que tu piel siga siendo mi sabor favorito
Quiero que mis enfados siempre te parezcan sexys
Quiero que nunca, jamás, me necesites, pero que siempre, siempre, me escojas
Quiero que nos riamos a carcajadas de toda tercera persona que crea que puede pensar en un yo sin ti, o en un tú sin mí
Quiero querer estar contigo para siempre
Quiero que quieras estar conmigo para siempre
Quiero seguirte hasta el fin del mundo
Quiero que te dé igual dónde, mientras yo esté allí
Quiero que tú quieras exactamente lo mismo que yo quiero. O querer lo que quieres tú
Quiero que me quieras, porque yo te quiero.

Iris del Olmo

ALL I WANT

I want to touch you everyday of my life
I want home to mean our home 
I want your childlike humor to better my menstrual mood
I want us to be silly and care free
I want us to be able to laugh hysterically and have people wonder why
I want us to be a team
I want you to love my gifts even if you don’t like them at all
I want you to fall for me a little harder each day

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I want surprise me to always challenge you
I want you to always make an effort and go the extra mile
I want us to always be proud
I want just us to always be able to excite one another
I want that we never lose the thirst for each other
I want you to hug me when I cry for no reason
Yes, I want you to hold me forever
I want to have your unconditional indulgence
I want to dream of loosing you and be relieved that I haven’t when i wake up in your arms
I want your snore irritating me
I want the best part of our days to be our nights shared
I want our best plans to be no plans at all as long as we are together
I want to be always your best plan

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I want to be the best version of myself for you
I want to listen one each other never becomes an effort
I want to catch you looking at me and smiling
I never want us being apart to become an option
I want my praises to thrill you
I want you to always want me around no matter where it is or who you are with
I want to hear your voice every single day until the day I die
I want you to always speak of me with pride
I want your skin being my favorite taste forever
I want my temper to always be sexy to you
I want you to never, ever, need me, but always, always, choose me
I want us laughing at anyone who can think about us separated
I want to wish to be with you forever
I want you to wish to be with me forever
I want to chase you until the end of the world
I want you to don’t care where as long as you can find me there
I want you to want exactly the same that i do, or I want to wish what you wish
I want you to love me, because I love you

Iris del Olmo

Dos españolas y una caravana en Estados Unidos

Mucho antes de saber que a mis veintidós años me mudaría a California, muchas noches me dormí en mi cama de Barcelona soñando que algún día me iría unos meses de vacaciones a Estados Unidos, alquilaría una caravana y me cruzaría unos cuantos estados con la casa a cuestas. Quién me iba a decir a mí que, a los dos meses de llegar a San Francisco, un amigo de la familia con la que vivo se ofrecería voluntariamente a prestarme su caravana, totalmente gratis, durante mis vacaciones.

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La que hoy ya es como una hermana en esta magnífica experiencia, tardó el tiempo que requiere un parpadeo en comprarse un vuelo desde New Jersey hasta California, desde donde emprenderíamos nuestro road trip.
He tardado en escribir este post, precisamente, porque me cuesta encontrar las palabras para describir ese viaje sin que el post se limite a: INCREIBLE INCREIBLE INCREIBLE INCREIIIIIIIBLE.
Recogí a Aitana en el aeropuerto de San Francisco a las nueve de la noche, cargamos la caravana de ropa e hicimos la primera parada en Safeway. Llenamos la nevera con más de cuarenta cervezas y empezamos a conducir.

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Condujimos toda la noche, parloteando atropelladamente, dominadas por la emoción. Condujimos y condujimos interrumpiendo nuestro viaje tan solo con breves paradas para repostar. El sol ya iluminaba la costa de California cuando aparcamos frente a una playa, a las afueras de Santa Barbara, para echar una breve cabezadita.
Amanecimos frente al mar el 4 de julio, el día más importante en los Estados Unidos. Paseamos por el centro de la ciudad, fascinadas por la exuberancia de sus adornos y excesos patrióticos. Nos dejamos llevar por la euforia infantil, hicimos fotos, nos hinchamos a tacos y nos lanzamos de nuevo a la carretera.

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Llegamos a Los Angeles justo a tiempo para la noche del sábado. Unos amigos ya nos esperaban para hacer una ruta de bares por Hollywood que culminaba en una discoteca de techno de dos pisos por la que aun siento una fuerte nostalgia. La noche fue, sencillamente, perfecta. El viaje no podría haber empezado mejor, la compañía era insuperable y las risas corrían por doquier.
Debo reconocer que algunas de las noches que le siguieron al viaje le fuimos un poco infieles a nuestra preciosa caravana, pues pudimos alojarnos en casa de Eric, un precioso rincón en lo alto de Los Angeles que por las noches se convierte en uno de los miradores más bonitos en los que he tenido el privilegio de estar.

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Durante los días que pasamos en LA, paseamos por Redondo beach, Venice beach, Santa Mónica y Hollywood. Perseguimos atardeceres maravillándonos con el espectáculo de colores que ofrece el sol sobre el pacífico. Lo dimos todo en el Karaoke, pero lo bordamos más en el coche, bailándole a la Go Pro mientras avanzábamos por carreteras escoltadas por palmeras vertiginosas.

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Después nos fuimos todos a San Diego, donde encajamos la caravana en plazas diminutas y nos decepcionamos ante la tristeza del downtown de una de las ciudades más famosas de California. Pero la pataleta se nos pasó cuando llegamos a La Jolla. Oh, qué maravilla. Playas perfectas para apasionados del surf, paseos preciosos bordeando dichas playas, tiendas encantadoras en casitas de techos bajos, leones marinos y coctelerías. Y más palmeras, por supuesto.
Me transporto al recordarlo…

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Al día siguiente nos despedimos de los chicos y de California, y las dos españolas, en pleno ataque de emoción, condujimos casi cinco horas más, adentrándonos en las profundidades del desierto, maravilladas por las interminables extensiones de piedra y tierra. Nuevo estado. Los alrededores de Nevada nos cautivaron desde el principio, pero nada que haya vivido hasta ahora se puede comparar con la primera vez que entras en Las Vegas, en noche cerrada, conduciendo una casa rodante. No, en serio. Las luces nos deslumbraron a más de diez millas de la ciudad. Sus edificios parecen recién construidos, los bordes de las calles están delicadamente adornados por preciosos matorrales de plantas con motivos de los lugares en los que se ambienta cada hotel. Millones de carteles te invitan con insistencia a entrar en los casinos, exageradamente ostentosos. Preciosas fuentes con saltos de agua convierten cada esquina en un espectáculo. Las calles están abarrotadas de gente, no importa el día ni la hora. Y siempre hay música acompañando a los peatones al pasear. Las Vegas es un lugar construido única y exclusivamente para el ocio humano. Todo gira entorno a un mismo concepto: el placer. Por supuesto, la base del placer que puedes hallar en Las Vegas es el consumismo, pero si por unos días decides rendirte ante sus encantos, la diversión y los buenos momentos están asegurados. Nos pasamos tres días seguidos asistiendo a fiestas, nocturnas y diurnas, en ropa y en bikini, en casinos y en azoteas de altos edificios, y sin gastar ni un sólo dólar. Conocimos gente de todos lo países, bailamos hasta desgastar las suelas de los zapatos y nos reímos a carcajadas, maravilladas ante lo sencillo que es ser feliz cuando el momento presente es el único que cuenta. Bueno, sí, las circunstancias también facilitaban el camino.

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Pero no todo fueron facilidades. El último día de nuestro viaje lo pasamos en una pool party de lo más cool, después decidimos despedir Las Vegas a lo grande y nos pegamos una comilona, a todas luces fuera de nuestro presupuesto, en la terraza de un buen restaurante italiano. Sí señor.
Volvimos a la caravana dispuestas a emprender el largo viaje de vuelta a casa de un solo tirón, pero la vida es una caja de sorpresas insaciable.
Toda la pasta italiana me bajó de golpe a los pies al sentir los cristales crujir bajo mis chanclas y comprobar que la puerta de la caravana estaba abierta. Alguien había decidido que nuestro viaje estaba excediendo los limites de la perfección y decidió romper el cristal de la cabina del conductor y robar la radio ¿En serio?

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Primero el pánico al comprender que sí, eso estaba pasando de verdad. Alguien había reventado el cristal de mi preciosa casa rodante. Uy no, espera, que no es mía. Después la risa nerviosa, y más tarde, la aceptación. Resumiendo la parte dramática, diré que ni siquiera el percance nos frenó de emprender el camino de vuelta a casa, pues Aitana tenía que coger su vuelo de vuelta a New Jersey y nos quedaban ocho horas en la carretera. Así que paramos en una gasolinera, pedimos cajas de cartón y cinta aislante y apañamos una persiana provisional.

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Le dije a Aitana que subiera a descansar en la cama, que la despertaría en un par de horas, pero me puse a conducir y no paré durante seis horas y media. Sin música y sin ventana. Tenía tanto en lo que pensar, que no necesitaba más que el tiempo y la soledad. Avancé por el desierto y vi ponerse el sol entre montañas pedregosas: todo un regalo para las pupilas. Analicé mi viaje y todo lo que había llegado a sentir, la gente con quien lo había compartido, lo extremadamente feliz que llegué a ser. Qué más daban una ventana y una radio, pagaría por ellas y se acabó. De todo se aprende en esta vida, y ese último contratiempo nos recordó que hay que estar preparados para todo, y que nunca nada es tan horrible. Que un problema no es problema si existe una solución.

Lo conseguimos, llegamos a casa sanas y salvas. Sin multas descabelladas ni golpes de aparcamiento. Nos habían robado, pero no había sido culpa nuestra, y lo solucionamos en un sólo día.
No importa cuánto llueva, ninguna tormenta podrá arrasar nunca con todos los recuerdos y emociones que almacené a lo largo de esa maravillosa experiencia. Y no sólo porque estén meticulosamente detallados en mi diario, sino porque ocupan y ocuparán siempre un sitio sagrado en mi memoria, dentro de ese inmenso apartado llamado Nada es demasiado bueno para ser real.

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Two spanian girls and a camper in The States

Much before knowing that at twenty-two years old, I would move to California, I spent many nights in my bed in Barcelona dreaming that one day I would spend a months in the United States on vacation, I would rent a trailer, and travel across various states. Who could have told me that, two months after arriving in San Francisco, a friend of the family who I live with would offer to lend me his camper, completely free, during my vacation. 

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A girl who is now like my sister in this incredible experience, immediately bought a flight from New Jersey to California, where we would start our road trip. 

It’s taken me a while to write this post because it is difficult to find the words to describe this journey without limiting the post to: INCREDIBLE, INCREDIBLE, INCREDIBLE, INCREEEEEDIBLE. 

I picked up Aitana in the San Francisco airport at 9pm, we filled the trailer with clothes, and we made the first stop at Safeway. We filled the fridge with more than forty beers and began to drive. 

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We drove all night, talking nonstop, dominated by the emotion. We drove and drove, only interrupting the journey with short fuel stops. The sun had already illuminated the California coast when we parked in front of a beach outside of Santa Barbara to take a quick nap. 

We woke up in front of the sea to the 4th of July, the most important day in the United States. We walked through the middle of the city, fascinated by the exuberance of its excess patriots. We let ourselves be carried by infantile euphoria, took pictures, filled ourselves with tacos, and went off again on the highway. 

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We arrived in Los Angeles on Saturday night. Some friends were already waiting for us to do a bar crawl through Hollywood which was topped off by a visit to a two-floor techno club of which I still feel nostalgia. The night was, simply, perfect. The trip could not have started better, the company was great, and there was a lot of laughing. 

I must admit that a few days during the trip we were unfaithful to our precious caravan, as Eric let us stay at his house, a precious place in the Los Angeles hills which at night adopted one of the most beautiful views I have ever had the privilege of seeing. During the days we spent in LA, we walked around Redondo Beach, Venice Beach, Santa Monica, and Hollywood. We pursued marvelous sunsets with the show of colors that the sun offers above the Pacific. We gave it all in Karaoke, but we went even harder in the car, dancing in front of the Go Pro while we went down streets shaded palm trees.

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Afterwards, we went together to San Diego, where we fit the camper into tiny areas and we were disappointed with the sadness of the downtown of one of the most famous cities in California. But the sadness passed by us once we reached La Jolla. Oh, what a marvel. Perfect beaches for surfers, beautiful trails bordering said beaches, cute little stores with low roofs, sea lions and cocktail bars. And more palm trees, of course. 

Remembering it transports me… 

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The next day we said bye to the guys and to California, and us, the two Spaniards, completely overwhelmed by emotion, drove almost five more hours, losing ourselves in the depths of the desert, amazed by the never ending extensions of stones and dirt. A new state. The surroundings of Nevada captivated us from the beginning, but nothing I have been through before can compare with the first time entering Las Vegas, in a dark night, driving a house with wheels. No, seriously. The lights reveal more than ten miles of city. Its buildings appear to be recently built, the borders of the houses are delicately adorned with precious plants with the motives of those places in which each hotel has ambience. Millions of posters invite you to enter in the casinos, exaggeratedly ostentatious. Beautiful fountains with squirts of water convert each corner into a spectacle. The roads are full of people, regardless of day nor hour. And there is always music joying pedestrians. Las Vegas is a place created exclusively for free time. Everything revolves around one concept: pleasure. Of course, the base of pleasure that can be found in Las Vegas is consumerism, but if, for a few days, you decide to surrender yourself to its enchantments, having a good time is guaranteed. We spent three days straight at parties, at night and day, in clothes and bikini, in casinos and rooftops, and without spending a single dollar. We met people from all over the world, danced to the point of ruining the soles of our shoes, and laughed heartily, amazed at how easy it is to be happy when the current moment is the most important. Well yeah, the circumstances also facilitated the journey. 

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But not everything was easy. We spent the last day of our journey in a very cool pool party, after we decided to say bye to Las Vegas and had a large meal, way too large for our budget, on the terrace of a good Italian restaurant. Yes sir. We returned to the trailer ready to complete the long journey back to the house in one trip, but life is a box of surprises. All of the Italian pasta I had felt to my feet when I felt the glass crunch against my flip-flops and saw that the door of the caravan was open. Someone had decided that our journey had exceeded the limits of perfection and had broken a window and stolen the radio. Seriously?

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First, I felt the panic of understanding that yes, this was happening for real. Somebody had broken the glass of my precious house on wheels. Oh no, wait, it isn’t mine. After that, the nervous laughter, and later, acceptance. Resuming the dramatic part, I’ll say that not even the accident stopped us from heading back home, because Aitana had to catch her return flight to New Jersey and we had eight hours left on the road. We stopped at a gas station, ordered cardboard boxes and tape and we set up provisional blinds.

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I told Aitana to go up and rest on the bed, that I would wake her up in a few hours, but I got to driving and didn’t stop for six and a half hours, without music and without a window. I had so much to think about that I only needed time and solitude. I advanced through the desert and saw the sun set between rocky mountains: a gift for the eyes. I analyzed my journey and everything I had come to feel, the people with which I had shared it with, the extremely happy person I had become. A window and a radio didn’t matter much, I would pay for them and that would be that. Everything can be learned from in this life, and that final obstacle reminded us that one must be prepared for everything, and that nothing is ever too terrible. That a problem is not a problem if there is a solution. 

We made it, we arrived at home safe and sound. Without dumb fines nor fender benders. They had stolen from us, but it had not been our fault, and we sorted it out in a single day. 

It doesn’t matter how much it rains, no storm could devastate the memories and emotions that woke up with in me during this wonderful experience. And not only because they are meticulously written out in my diary, but also because they will always occupy a sacred space in my memory, inside of that immense department called Nothing is too good to be real.

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Iris del Olmo

Mi mochila y yo

Viajar es y será siempre un regalo para mi. Puede ser un regalo inesperado, un capricho intencionado o un consuelo para el alma. Una manera de escapar…
¿Qué buscamos cuando viajamos? ¿Qué buscaba yo cuando me subí sola a un avión tras otro, con una mochila de trece kilos a cuestas y el dinero justo en el bolsillo? Desde luego no buscaba lo mismo cuando planeé ese viaje que cuando llegó el momento de emprenderlo… Pero así es la vida, traviesa e infinita.

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Costa Rica fue un reto desde el principio. Nada más llegar al aeropuerto, en plena noche, un batiburrillo de taxistas bajitos y rollizos me acosaron cual última liebre ante una familia de tigres. Me pesa reconocer que era la primera vez que dormía en una habitación compartida en un hostel cuya atmósfera desprendía el aroma a calcetín húmedo al que todo mochilero es inmune. Sola y en silencio, me instalé en la litera superior y me convencí de que sí, eso era lo que quería, allí era donde quería estar. Escribiría, leería, conocería gente y descubriría sitios mágicos. Saldría mucho de fiesta. Me olvidaría de todo el mundo. Sería egoísta. Muy egoísta. Súper egoísta.
Al día siguiente me deslicé dentro de un vestido de flores, me crucé el bolso y me lancé a las calles con la seguridad falsa de todo novato.

San José resultó ser la ciudad más fea que he visto en mi entera vida. Cutre, pobre y sucia, intenta modernizarse entre escombros y edificios grises. Es tan ridículamente fea, que despierta ternura.

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Intenté mantener los ojos muy abiertos para no perderme detalle. Caminé y me perdí. Entré en una iglesia y me senté. Escuché el llanto desesperado de una mujer que me rompió por dentro antes incluso de que le viera el rostro. Volví al hostel exhausta, me pedí una cerveza y me desplomé sobre una hamaca frente a la piscina. Una hora después ya formaba parte de un grupo de desparejados europeos que se encaminaban hacia las costas del pacífico, ¡como yo!

Ya no volví a estar sola, fue imposible. Escribí lo justo, leí menos. Caminé como si en ello me fuera la vida, cargando con la bestia jorobada que ya formaba parte de mi. Hablé hasta que me dolió la lengua. La perplejidad me abrazó ante mis propias palabras. Grité y guardé silencio ante monos, cocodrilos y perezosos. Escuché fascinantes historias de personas aún más fascinantes. Comí más que bebí, para mi sorpresa. Intenté perder la cordura, como en viajes anteriores, y pese a que en algún momento monopolicé la noche con saltos prohibidos en piscinas mal supervisadas, y aunque un señor de nacionalidad indescifrable con sombrero de Santa Claus casi me echa del karaoke por pesada, me porté bien. No porque quisiera portarme bien, qué va. Es que la vida tenía un plan. Así que pensé. Asumí una vez más que en esta vida todo son etapas, y que evolucionamos. Gracias a Dios, evolucionamos. Y sin darnos cuenta caminamos hacia el lugar en el que el destino nos espera, recostado en una postura grosera y con una mueca de prepotencia demasiado forzada. Pensé y pensé durante interminables trayectos de autobús en los que el verde y los plátanos monopolizaban el paisaje. Desestructuré de nuevo erróneos esquemas mentales, abrí los ojos sorprendida al comprender sencillas conclusiones a las que me había costado tanto llegar. Me desnudé ante mí misma y sonreí, abrumada por el cariño que me tengo. Qué mágica es la vida, qué bonito es vivir.

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Después me crucé al caribe, me reencontré con viejas amistades procedentes de lejanos países y reí hasta llorar. Me treparon tarántulas por el pie que me provocaron incontables horas de escalofríos y picores. Caminé por la jungla de noche, me duché en ella con una manguera de chorro frío y dormí entre sus sonidos escalofriantes. Soñé con arañas. Me despertó el zumbido de un helicóptero. Uy no, espera, era un insecto peludo. Madre mía.

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Al final conecté más que otra cosa. Con los míos y conmigo misma. Me autovalí en un contexto de retos constantes. Me confundí, me negué, intenté frenar mi mente. Grité y lloré, de frustración y de felicidad a la vez, ¿es eso posible?
Qué feliz que soy. Qué feliz volví. Subí al avión y me reí sola. El mundo está lleno de amor, todos lo estamos.
Una vez leí un artículo que defendía lo importante que es realizar un viaje solos al menos una vez en la vida. Recuerdo que pensé que lo importante era encontrar el momento para hacerlo. Como si eso fuera posible. El momento te encuentra a ti.

Tú busca lo que quieras, y encontrarás lo que necesites.

Iris del Olmo

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My backpack and me

Traveling is and will always be a gift for me. It can be an unexpected gift, an intentional treat, or a consolation for the soul. A way to escape… 

What are we looking for when we travel? 

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What was I searching for when I boarded one airplane after the other alone, with a thirteen-kilogram backpack, and the bare minimum amount of money in my pocket? I certainly was searching for something different when I set out upon this voyage than what I was looking for when I planned the journey… But such is life, mischievous and infinite. 

Costa Rica was a challenge from the beginning. As soon as I landed at the airport, at the dead of night, an assortment of miniature taxi drivers overwhelmed me as if I was the last hare before a family of tigers. It pains me to accept that that was the first time that I slept in a shared bedroom in a hostel whose atmosphere gave off the smell of moist socks which every backpacker is immune to. Alone and surrounded by silence, I took over the top bunk bed and convinced myself that yes, that was what I wanted, that was where I wanted to be. I would write, read, get to know people, and discover magical places. I would go out a lot. I would forget about all of the world. I would be selfish. Very selfish. Super selfish. 

The next day, I changed into a flowery dress, strapped on my purse, and launched myself on to the streets with the false sense of security of a complete novice. 

San José turned out to be the ugliest city I have seen in my entire life. Cheap, poor, and dirty, it attempts to modernize itself between debris and grey buildings. It is so unbelievably ugly, that it inspires sympathy.

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I tried to keep my eyes open in order to not lose out on any details. I walked around and got lost. I went into a church and sat down. I listened to the desperate cry of a woman who broke my heart even before seeing her face. I returned to the hostel exhausted, ordered a beer, and collapsed into a hammock in front of a pool. An hour later I formed part of a group of solo Europeans who were headed towards the Pacific coast, just like me!

I never returned to being alone, it was impossible. I wrote exactly what was needed, I read less. I walked as if walking was my life, marching forward with the humpbacked beast which had already formed part of me. I talked until my tongue started hurting. The perplexity of embrace before my very own words. I yelled and guarded my silence in front of monkeys, crocodiles, and sloths. I listened to fascinating stories of people who were even more fascinating. I ate more than I drank, to my surprise. I attempted to lose my sanity, like in previous trips, although I monopolized one nighttime moment with prohibited jumps into badly supervised swimming pools, and even though a man with an unknowable nationality with a Santa Claus hat almost kicked me out of karaoke for being stubborn, I behaved well. Not because I wanted to behave well, no way. It’s just that life had a plan.

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That’s what I thought. I assumed once more that in this life everything comes in sections, and that we evolve. Thanks to God, we evolve. And without even realizing it we walk towards the place in which our destiny waits for us, balancing in a grotesque posture and with a fake prepotent grin. I thought and I thought during endless bus rides in which the color green and bananas monopolized the landscape. I detached myself from new erroneous mental schemes, I opened my eyes surprised after understanding simple conclusions which had cost me so much to arrive at. I became naked in front of myself and smiled, overwhelmed by the care I have. How magical is life, how beautiful is it to live. 

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After, I crossed over to the Caribbean and reunited with old friendships coming from far away countries and laughed until I cried. Tarantulas crawled around my feet, causing me hours of chills and itches. I walked through the jungle at night, I showered in it with a  cold spurt of water and slept between its chilling sounds. I dream of spiders. The rumbling of a helicopter woke me up. Oh no, it was something hairy. My God. 

At the end I became attached more than anything else. With my relationships and with myself. I became stronger in the context of constant challenges. I became confused, I denied myself, I attempted to slow down my mind. I yelled and cried, of frustration and happiness at the same time, is that possible? How happy I am. How happy I returned. I boarded the airplane and laughed to myself. The world is full of love, we are all full of love. I once read an article that defended the importance of taking a trip alone at least once before death. I remember thinking that what was important was to find the moment to do it. As if that was possible. The moment finds you. 

Look for what you want, and you will find what you need.

Iris del Olmo

Noches de verano

Una ola de calor me ha mantenido los últimos tres días en un estado vegetativo, físico y mental. Empieza el verano, mis chicos terminan sus clases y mi primer cumpleaños fuera de casa se vislumbra ya al final de una semana que, apuesto, volará cual hora en una noche de sábado.

Ayer soñé que aterrizaba en mi pueblo justo a tiempo para las fiestas populares. Como cada año, la riera estaba atestada de gente, en las terrazas, familias completas disfrutaban de sobremesas infinitas mientras manadas de niños correteaban alrededor, suplicando euros para un viaje más en el Tiovivo.

Desde la Plaza de la Iglesia, ráfagas de suave brisa intercalaban bocanadas saladas de olor a mar nocturno, con delicioso aroma a nube de azúcar. La feria se levantaba, señorial, desde la playa, reclamándonos con sus luces de colores. Un segundo estruendo sordo nos advertía de que los fuegos artificiales estaban a punto de empezar.

  
Me costaba trabajo avanzar, pues a cada dos pasos me encontraba con amigos, familiares y conocidos con tiempo y ganas de parlotear. Una cerveza se me calentaba en la mano mientras el viento, travieso, me levantaba el vestido de lino. Un helado desatendido se derretía en las manos de una niña con trenzas, ensimismada en veteasaberqué. La emoción anticipada por conciertos de rumbas horteras condenados a decepcionar, pero de los que nacerían anécdotas de las que podríamos abusar, entre risas.

  
Al despertar sonreí. Cuántas veces me quejé de la monotonía de nuestras tradiciones… Eso me llevó automáticamente a recordar lo que un buen amigo me dijo en mi viaje a México: “A veces necesitamos irnos muy lejos para aprender a estar en casa”.

Os echo de menos, aunque aquí es donde quiero estar, construyendo recuerdos que un día me lleven a añorar.

La vida es como el helado de esa niña, o te lo comes ahora o se te derrite en las manos.

Summer nights

A wave of heat has kept me in a vegetative state for the past three days, both physically and mentally. Summer is starting, my boys are finishing their classes, and my first birthday away from home is coming up at the end of a week which, I bet, will fly by like an hour of Saturday night.  

Yesterday I dreamed that I had arrived in my town just in time for the festivals. Like every other year, streets were full of people; on the terraces, families enjoyed chatting infinitely while kids ran around, asking for euros to go on another trip on the carousel. 

From the church’s plaza, bursts of the smooth breeze interspersed salty mouthfuls of smell with the night-time sea, carrying a delicious marshmallow smell. The fair could be seen from the beach, reclaiming us with its colored lights. A second deafening sound alerted us to the fact that the firework show was about to begin. 

  
I struggled in advancing, every two steps I took I found my friends, family, and other people I know that wanted to chat. A beer warmed my hand while the mischievous wind lifted my linen dress. An uncared for ice cream cone melted in the hands of a girl with braided hair, absorbed by a game. The emotion was brought about by tacky rumba concerts meant to deceive, though they would eventually lead to anecdotes that we could later laugh about. 

I woke up smiling. Oh, how I used to complain about the monotony of our traditions… That automatically lead me to remember what a good friend said to me on my trip to Mexico: “Sometimes we need to be very far to learn how to be at home”.

I miss you all, although this is where I want to be, creating memories that one day will make me yearn to come back.

Life is like that girl’s ice cream, you either eat it now or it falls apart in your hands. 

Iris del Olmo

Te quiero pero no te necesito

Si inclino la cabeza levemente, solo un poco, si dejo que mi cuello ceda ante el recuedo y les permito a mis ojos echar un rápido vistazo, en ese extraño pero a veces inesperado caso, me quedo asombrada. ¡Cuán dependiente era! A los nueve años era incapaz de irme de colonias sin pasarme los tres días previos llorando por lo lejos que iba a estar. A los dieciseis, no podía dormir en casa de mi pareja sin despedirme de mi madre con un beso y un te quiero. A los veinte aún lloriqueaba cuando viajaba una semana con amigas porque echaba de menos a mi pareja. Y, claro, a los veintidós exploté como una globo inflado durante demasiado tiempo y con carente precaución, y me mudé sola a la otra punta del mundo. 

Pero nada pasa nunca porque sí, y si remonto los hechos no me parece tan extraño… Una madre fuerte y luchadora, con sus dos pequeños comidos a besos bajo sus delgadines brazos, un hermano mayor lleno de amor y sobreprotección, una familia infinita unida como pocas lo están, unas amigas como hermanas, un novio prematuro y de larga duración, un pueblo pequeño… Mi mundo era enorme dentro de un punto diminuto. 

  
Siempre me vi a mí misma como una de esas personas que van por pares, de esas cuyo nombre no puedes pronunciar sin ir seguido de otro más. Dos amigas en el instituto, una pareja en la universidad… 

Me sentía atrapada en una flojeza inventada que me limitaba a lo que creía que podía llegar a ser, y me impedía ver lo que soy en realidad. Me rendí. Asumí que hay personas que sencillamente necesitan a los demás y llegué realmente a aceptar ese hecho como algo bonito. Busqué la belleza en mi realidad porque me sentía incapaz de cambiarla. Lo que es positivo, dentro de lo que cabe. Pero me consumía, me irritaba y a veces incluso me deprimía. 

Así que un día me sumergí en mis adentros y busqué mis cinco segundos de valor… Y así comprendí algo que me ha quedado grabado a fuego en la mente: no necesitamos a nadie para sobrevivir, y sobrevivir es todo lo que necesitamos. Ninguna noche es demasiado oscura para pasarla sola, ninguna cama demasiado grande para mi pequeño cuerpo. No me va a matar la distancia y la ausencia de los mios puede ser un motivo para llorar o una razón para darme impulso.

 
Es bonito amar tu realidad cuando es la pasión la que te mueve, y no la resignación.

No solo lo hice, además me salió bien.

Iris del Olmo

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I love you but i don’t need you

If I gently bow my head, just a little, if I allow my neck to give in to the memories and let my eyes take a quick look, in that strange yet sometimes unexpected situation, I am left in awe. I was so dependent! When I was nine years old I was incapable of going on school trips without spending the previous three days crying because of how far away I was going to be. At sixteen, I couldn’t sleep at my boyfriend’s house without first saying goodbye to my mother with a kiss and an “I love you”. At twenty I still sobbed on week-long trips with my friends because I missed my boyfriend. And, of course, at twenty-two I exploded like a ball that had been inflated for too much time and without needed precaution and moved by myself to the other side of the world.

But everything happens for a reason, and if I look back on what did happen it doesn’t seem so strange… A strong mother, kissing her two children while holding them with her skinny arms, a big brother filled with love and a propensity to overprotect, a family infinitely united like so few are, girl friends that were akin to sisters, a long-term yet premature boyfriend, a small town… My world was enormous inside of a tiny bubble. 

  
I always saw myself as one of those people that is always with another person, those people whose names can not be pronounced without being followed by the name of the other. Two friends in high school, a couple in college. 

I felt trapped in a self-invented weakness which limited me to only the things which I believed could one day come around, and prevented me from seeing what I really am. I gave up. I assumed that there are people that simply need others and I accepted this fact as something beautiful. I searched for the beauty in my own reality because I felt incapable of changing it. Positivity, but only within my own bubble. But it slowly consumed me, it irritated me, and at times it depressed me. 
So one day I looked within myself and searched for my five seconds of valor… And in that way I understood something which is now embedded in my mind: we don’t need to depend on anybody to survive, and survival is all that we need. There is no night dark enough to prevent the sunrise, there is no bed too big for my small body. Distance will not kill me, and the absence of the people I love could be a reason to cry or a reason to take action. 

 

It is incredible to love your reality when it is passion that moves you, not resignation.

Not only did I do it, but it turned out well.

Iris del Olmo

Desaprender lo malaprendido

Recuerdo.

Aquellos tiempos en los que creía saberlo todo, cuando el convencimiento sobre mis ideas me conducía inevitablemente hacia la neciedad. Neciedad disfrazada de humildad.

Esos años en los que el trasfondo más traidor de mi entendimiento creía que mi visión de la vida era la única posible y real.  

  
Recuerdo bien.

Cuando creía que los días eran los que yo había vivido, y un poco más de lo mismo. Cuando entendía que la inmensidad de la amistad residía en mis propias amistades. Cuando el amor era aquel al que yo llamaba amor, y nada más. Cuando una relación sólo podía ser de una manera para ser una buena relación. Cuando no había margen de error. Cuando yo era perfecta y los demás no me entendían. Cuando quería tantas cosas que no necesitaba.

Recuerdo, no hace mucho.

Lo que parece una eternidad atrás, cuando el mundo era pequeño porque las miras estrechaban. Cuando asumí por error ideas que ahora me cuesta soltar…

  
Recuerdo cuando malaprendí tantas cosas.

Y aunque el mundo despliega hoy sus plumas ante mí cual pavo real, para mostrarme su belleza y su color, debo recordarme en cada momento que no sé nada, que todo puede ser. Que no es mentira ni irreal… pues puedo palparlo. Calambres de satisfacción cada vez que entiendo, como por primera vez, que puedo ser quien quiera ser, que todo lo que quiera aceptar como real, sencillamente lo será. 

El aire de California me enfría los pies mientras su mismo sol me tuesta las mejillas al tiempo que intento plasmar en palabras cuan complejo es olvidar una idea que tu mente se niega a abandonar. Pura nostalgia, supongo.

Hoy huele bien. Las flores regalan perfume, se sienten generosas. El cesped se enreda con el aire, juguetón.

  
Y desde aquí mismo entiendo cosas que puede que algún día trate de desentender. Y que nunca deje de ser así, que el sentir nos tienda siempre la mano, que la reflexión nos abrume, que nos arrastren hasta la luz de la razón. 

Sentirme pequeña para llenarme de grandeza.


I remember.

Those times in which I believed I knew all there was to be known, in which my own conviction in the ideas I held drove me endlessly on the path of ignorance. Ignorance under the guise of humility.

Those years in which the most treacherous undertone of my understanding caused me to believe that my perspective of life was the only one that could possibly be real.

I remember it well.

When I believed that only the days that I had lived existed, and a little more of the same. When I believed that the immensity of friendship lied only in my own friendships. When love was that which I called love, and nothing more. When a relationship needed to fit into a certain mold to be a good relationship. When there was no margin of error. When I was flawless and nobody else understood me. When I lusted after so many things I did not truly need.

I remember, not long ago.

That which seems to have been an eternity ago, when my narrow vision caused the world to seem so small. When I unintentionally adopted ideas which have caused me great difficulty to let go off.

  

I remember, when I mislearned so much.

And although the world just now displays her feather to me like those of a peacock, to show me her beauty and her color, I must always remind myself that I know nothing, that anything is possible. That it is not unreal or a lie… That I can feel it. Jolts of satisfaction each time I understand, as if for the first time, that I can be who I would like to be, that everything I would like to accept as being real, will simply be just that.

California’s breeze cools my feet while its sun warms my cheeks at a moment when I attempt to translate into words the complexity of letting go of an idea that your mind refuses to abandon. Pure nostalgia, I suppose.

The world carries a pleasant scent today. The flowers reward perfume, they are feeling generous. The lawn playfully mixes in with the air.

  

And from this position I understand things that someday I might no longer understand. And hopefully it will always be that way, that our feeling will always hold our hands, that our reflection will overwhelm us, that they will drag us toward the light of reason.

Feeling small in order to fill myself with greatness.

Iris del Olmo.

Te echo de menos

Ayer se me olvidó que no estabas.

Tan sólo fueron unos segundos, un instante de confusión. No consigo estar segura de si fue una mala pasada de mi caprichosa mente, o un regalo fugaz de la vida. Una fracción de tiempo, efímera pero sagrada, en la que tu calor era real, tu contacto posible, tu voz permanente. 

  
Dicen que nunca nos iremos mientras alguien nos recuerde, que el concepto de existencia es inexacto, que quizá, que puede, que quién sabe. Yo sé que el amor perdura, aunque el recuerdo se aleje. Sé que la pena se debilita, se rinde en la batalla contra el tiempo. Sé que lo bueno le puede a lo malo cuando ya no puedes disfrutar de ninguno de los dos. Sé que lo triste es necesario, incluso imprescindible. 

  
  
Hoy sé que nunca estamos preparados para decir adiós de verdad. Nunca. Y a la vez nunca dejamos de estarlo. Porque es parte de nosotros: llegar y marchar, agarrar y soltar. Hoy he aprendido que lo único sagrado en esta vida es saber disfrutar de las cosas cuando se tienen, de las personas cuando están. Que no hay razón para un enfado demasiado largo, que la ausencia del perdón siempre está de más. 

  

Hoy te echo de menos porque ya no estás, suspiro cada cinco minutos, me congelo en el tiempo, miro sin mirar. De repente me duele, me enfado, me cuesta aceptar. De repente sonrío, te recuerdo bien, con tus bromas absurdas, tu reirte de mis dramas, tu entusiasmo infantil. De repente te quiero, se me hicha el corazón de tanto quererte. 

Y así, de repente, te grito en silencio para que me escuches desde allá. Que te echo de menos, que dónde carajo estás. 

Iris del Olmo

Road trip. Carretera y manta.

Te lo dije, te dije que era posible. Sabías que no hay sueños absurdos ni realidades inalcanzables, porque te lo había explicado. Te prometí que lo lograrías si le echabas un poco de valor y confiabas más en ti. Te sugerí que lo hicieras aunque solo fuera por rascar esa curiosidad que pica y pica. Que me creyeras, que tú podías, que porqué no. 

http://youtu.be/2JHohGMYT5Y 

Que un día estarías exactamente donde quieres estar. Que te llamarían y tendrías que hacer el equipaje a toda prisa. Que no pensarías, que no habría dudas, que encajarías tu bolsa en un maletero insuficiente y olvidarías a consciencia todos los porsiacaso. Que te dejarías algo y habría que volver, entre risas. Que no habría gps, que para qué. Carretera y manta, buenos amigos. La música alta y un paisaje de esos que no se pueden explicar, que se tienen que ver con ojos despiertos. Las paradas a media noche, patatas fritas y hamburguesas dobles. Esos nervios tranquilos que te da la emoción, la expectativa. Las cabezaditas que se niegan, los bostezos exagerados. La risa injustificada, el espectáculo de observar la vida en coches ajenos. El sol que sube y que baja, la cerveza. Los silencios cómodos, las sonrisas porque si, porque te la regalo.
Santa Barbara, Los Ángeles, Hollywood, Beverly Hills, Santa Mónica. Bendita California.

   

           

Estabas avisada, advertida. Que dejes de soñarlo, que empieces a hacerlo. Que la vida es ahora y no después. Que creas en ti, que lo demás vendrá solo. Et volià. 

Iris del Olmo