Hasta pronto

Odio decir adiós. Todo el mundo odia decir adiós.

Los humanos somos, por naturaleza, apegados y dependientes. Mi madre siempre me ha dicho que las personas aparecen en nuestro camino para enseñarnos algo importante. Todas y cada una de las personas que conocemos, por insignificantes que nos parezcan, tienen algo que enseñarnos, y es fantástico aprender interactuando y enriquecernos a base de experiencias compartidas. Pero que es muy importante saber cuando toca decir adiós, dejar ir a las personas, por mucho que las amemos. Es precisamente de ese apego, de esa negación al distanciamiento, de donde nacen relaciones destructivas y dañinas. Es, en su esencia, algo muy bonito, pues nos enamoramos de las personas que nos rodean y entregamos nuestro corazón a todo el que nos despierta complicidad. Lo hacemos sin precaución y sin medida, pues no sería amor si estuviera contenido o calculado. Pero la intensidad de éste es tan abrumadora, que nos atrapa en un círculo sagrado que nos hace sentir bien, protegidos, pero que no es otra cosa que una cárcel de barrotes electrificados, pues salir de él se convierte en un proceso lento y doloroso que nos desgarra el alma y nos oscurece la mirada.

En el fondo, estoy convencida de que todos y cada uno de nosotros sabemos cuando ha llegado el momento. El momento de decir adiós. Ese momento tan frágil en que tomamos consciencia de que ya hemos exprimido todo lo que esa relación podía darnos y que toca abrir los brazos y dejar que esa persona alce el vuelo en otra dirección. Si, somos animales emocionalmente inteligentes y lo sabemos, lo intuimos. Pero aceptar esa realidad requiere un acto de valor, para mí, heroico, pues tenemos una fuerte tendencia natural a acostumbrarnos a las personas que nos rodean. Compartimos con ellos nuestras vidas, al fin y al cabo, y soltarlos requiere aceptar su ausencia en nuestra vida. Es desgarrador, el mundo se nos come, todo pierde sentido y color. Sentimos que perdemos, que nos es arrebatado algo indispensable. No entendemos que nunca perdemos, que en todo momento hemos ganado. Hemos tenido la enorme fortuna de ganar todo lo que esa persona nos ha regalado, de disfrutar de su presencia durante un tiempo y aprender de ello.

Tiene su gracia, porque no solo tenemos que decir adiós, sino que encima debemos dar las gracias. Gracias por toda la luz que has aportado a mi vida, por cada momento, cada gesto. Gracias por todos los recuerdos que ahora conservo, que siempre conservaré, y que han colaborado activamente en la construcción de mi yo, de mi identidad personal. Soy quien soy, en gran parte, porque tú has estado en mi vida. Gracias por eso, gracias por todo.

Decir adiós es una de las cosas que debes aprender cuando viajas, además. Porque no quedarse quieto conlleva un cruce constante de gente en tu vida, un río afluente de personas de todo tipo que vienen y van, te acompañan un trecho y desaparecen. Una vez más, aparecen para darte una dulce lección de vida y seguir con su camino.

De modo que, empiezo a intuir, la vida quiere que aprenda a decir adiós, que acepte la belleza que reside en ese acto. Tal vez todos deberíamos aprender, aceptar. Por ahora creo haber hallado una alternativa bastante buena a esa opción desgarradora. Puedo abrir los brazos, puedo soltar a las personas y abrazarme a mi misma, pues soy la única que no se irá jamás. Pero no puedo decir adiós. O tal vez no quiero, sencillamente. Así que digo: hasta pronto. Hasta pronto a todo el que ha formado parte de mi vida y ha dejado en su paso el sabor de la alegría y el cariño compartido. Hasta pronto a todo el que ha llenado de amor mi corazón y ha elegido hacerme este regalo tan bonito. Hasta pronto porque la vida es muy larga y nunca, nunca se pierde, solo se gana. Hasta pronto.

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Iris del Olmo.

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