Los prejuicios no son nuestros.

Qué fácil es hablar de los demás, cómo nos gusta. Y qué poco sabemos, en realidad.

Vivimos en una sociedad que carece de tonalidades y degradados, donde todo puede clasificarse en dos únicas vertientes: el blanco y el negro. Crecemos muy condicionados por estereotipos absurdos que delimitan lo que está bien y lo que está mal, lo que se debe hacer y lo que hay que evitar. Esto nos lleva a crear una imagen mental de la conducta de los demás, una expectativa irreal que proyecta a las personas en su estado “ideal”. Pero cuando, obviamente, actuamos en disonancia a esa imagen, todo el mundo se gira a mirarnos y a comentar lo equivocados que estamos, lo mal que lo estamos haciendo, lo incompetentes que somos.

Pasar por fuertes cambios en un corto periodo de tiempo me ha enseñado que no se puede hablar de lo que no se sabe, pues cada situación nos lleva a sentirnos de una manera determinada, y cada sentimiento nos empuja con fuerza hacia una conducta u otra. Todos hemos hecho algo que creíamos que nunca haríamos. Todos hemos actuado alguna vez igual que alguien a quien criticamos por hacer eso mismo. Todos. Hacemos las cosas porque sentimos la necesidad o las ganas de vivirlas, y una vez más aprendemos.

Los prejuicios son destructivos, una plaga corrosiva que arrasa todo lo que alcanza y que no tiene nada positivo que aportar. Lo peor de todo es que, aunque no lo parezca, dañan más a quien los tiene que a la víctima de su rabia, pues es a nosotros mismos a quien juzgamos con más dureza y perdonarnos, después, supone todo un trabajo personal.

La vida es larga y evolucionar implica, inevitablemente, cambiar. Cambiamos nuestra forma de ver el mundo, de interpretar las emociones y las situaciones con las que chocamos. Es literalmente imposible predecir la conducta de alguien, así como la nuestra. No podemos saber cómo nos disponemos a actuar en un momento que todavía está por venir, pues en un margen muy corto de tiempo podemos llegar a conclusiones que cambien por completo nuestra visión global. Y si la manera en que miramos el entorno cambia, nuestra interacción con éste, también.

Tal vez deberíamos actuar siempre con amor y aprender a respetar. Aceptar que cada uno utiliza sus propias armas para enfrentarse a las situaciones que la vida le pone delante y que no por ser distintas a las nuestras son mejores ni peores. Recordarnos con constancia que el error es el mejor de los maestros y que lo que hoy sufre otro nos puede acorazar el pecho mañana.

Intentar hacerlo lo mejor que podamos, pulir nuestras intenciones, trabajar la empatía.

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Recibir con cariño las lecciones que nos da esta caprichosa y atolondrada vida, pues van a llegar de todos modos. Qué absurdo rechazar lo inevitable. Qué despropósito nadar siempre a contracorriente.

Iris del Olmo.

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