El pozo

Se apaga la luz. Te atrapa en medio de una frase, te corta en seco una carcajada o te despierta en plena noche. Es como una nube negra que vaga suelta sin hallar un lugar al que regresar, y de vez en cuando te atraviesa, te perfora.

Muchos se refieren a él como la pena. Otros lo definen como un bajón. Yo lo llamo el pozo, porque es algo oscuro y profundo que tira de ti hacia abajo y te atrapa en un espacio reducido donde nada se ve con claridad y cuesta apreciar la belleza que hay a tu alrededor.

Todos pasamos por él en algún momento de nuestra vida, y son varios los motivos que nos pueden arrastrar hasta su abismo. Aunque no siempre somos del todo conscientes, siempre hay un motivo que lo despierta, que le da vida. Una vez estás dentro, estás perdido. Nada parece valer la pena, el dolor toma el control de tu mente y sientes que un nudo grueso e inflexible bloquea la entrada del aire por su paso natural. De repente olvidas qué te hacía sentir tan bien, tan fuerte. Olvidas el valor de las pequeñas cosas. Tienes ganas de llorar, de estar solo y sentir un buen abrazo al mismo tiempo. En realidad, ni siquiera sabes lo que quieres. Estás tremendamente asustado, te sientes pequeño y solo en un mundo hostil y sin piedad que no ofrece clemencia para nadie. Es como un momento de desesperación en que tu mente te abandona, deserta, y se lleva consigo todo tu positivismo y alegría.

Lo peor de todo es su impredecibilidad, pues a veces aparece después de mucho tiempo de ausencia y su sorpresa te abruma y te ofende. Es indignante y desesperante a la vez, pues tú creías estar muy lejos de esa debilidad momentánea que te sacude hasta hacerte sentir vacío y utilizado. Semeja un toque de atención, un aviso que reclama tu fortaleza y te recuerda que esto es posible, que debes estar alerta.

Cuesta saber cuándo estamos recuperados de un duelo o incidente doloroso, no existe una fecha que indique su fin y, muy lejos de lo que nos gustaría, no hay un remedio milagroso que nos sane, nos libere. Tenemos que aceptar su existencia como parte natural del proceso de avanzar y asumir que, para crecer y evolucionar, debemos tener la suficiente madurez como para afrontar los momentos de pena, reconocerlos como nuestros también.

Vivimos en una sociedad conectada y competitiva donde la pena y el llanto son motivo de vergüenza. Todo el mundo parece presumir de excesos de felicidad y momentos de euforia, pero nadie habla con naturalidad de la tristeza y el miedo. Cuesta ver cuán absurdo es este hecho, pues las emociones negativas tienen un papel tan importante en nuestra identidad como lo poseen las positivas, y conectar con su vibración, dejar que su corriente nos sacuda, puede ayudarnos a conocernos un poco mejor, a entender qué nos sucede. La pena no es más que un reclamo de tu mente, un grito directo del corazón. Es miedo, una vez más. Es la manifestación del dolor que nos causa un hecho recientemente conocido. Sentir pena es, entonces, señal de aceptación. Aceptamos que algo no va bien, que alguien se ha ido, que no puede ser. Y cuando aceptamos un hecho frustrante estamos andando hacia la superación, estamos madurando.

Dejemos que la pena salga, pues. Destapémonos la cara cuando las lágrimas humedezcan nuestras mejillas, sintamos su frío descenso por nuestra piel: es la sensación de la superación, del crecimiento y la maduración.

DSCN1704

Iris del Olmo.

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