Los amigos, la familia que escogemos

Cuando un buen amigo llega a nuestra vida, lo sabemos. Aveces conectamos de inmediato, nos atraemos como imanes de polaridades opuestas cuyo acercamiento surge de un impulso natural. Otras veces es el tiempo quien nos muestra la pureza de esa unión desinteresada. Pero cuando el resultado es una amistad sincera, no importa el contexto ni sus vanidades, pues la conexión es tan clara que fluye con suavidad.

Hay muchos tipos de amistad…

Hay amigos con los que hemos crecido, junto a los que coleccionamos nuestros primeros recuerdos. Viejos compañeros de colegio, vecinos o amigos de la familia. Con estos existe un hilo invisible que nos une el resto de nuestra vida, por muy diferentes que resulten ser nuestros caminos, por muy distintos que sean nuestros ambientes.

Hay amigos que nacen de la necesidad. Personas que aparecen en nuestra vida en un momento desesperado, cuya personalidad se aleja del perfil del que nos solemos rodear, pero que cuentan con un principio activo del que nosotros carecemos y que nos enseñan mucho más de lo que esperábamos aprender. Sorprendentes, espontáneos. Amigos raros, o especiales. Tal vez no nos juntemos con frecuencia, pero el tiempo parece no transcurrir entre nosotros.

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Están los amigos de viajes. Uau, estos suelen calar hondo. El contexto del encuentro es tan especial, que una nube de cariño los rodea eternamente. Sonreímos al recordarlos, pues van ligados a una imagen de nosotros mismos que parece lejana, lo sea o no en realidad. No son sólo amigos, son el resultado de un proceso, son fruto del destino. Son hogar lejos de casa, son calor.

Hay amigos de fiesta, compañeros de noches. Raramente te tomas un café con ellos, no los llamas cuando tienes un problema, pero existe un vínculo que os une cuando llega el momento de desconectar. Os dais la mano y os ayudáis a disfrutar. Os entendéis, os cuidáis. Pueden parecer menos importantes, menos amigos que los demás, pero no tiene porqué ser así, pues vuestra amistad se caracteriza por la honestidad de la que nace. Con el tiempo, sus anécdotas suelen ser motivo de sonrisa.

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Existen los amigos de contexto. Esos que empiezan siendo sólo compañeros pero con los que el tiempo nos permite conectar. Hablo de compañeros de trabajo, jugadores del mismo equipo, alumnos de las mismas clases que tú. Esos que el primer día te parecen tipos raros o pardillos sin interés, y cuya compañía termina por ser imprescindible en el entorno que compartís. Al final pasamos un montón de tiempo con ellos y nos sentimos profundamente agradecidos de tenerlos cerca.

Después están los amigos temporales, curiosos a más no poder. Llegan a nuestra vida como una fuerte ráfaga, invadiéndolo todo, llenándolo de luz. Su presencia toma un primer plano y durante un periodo de tiempo, que no suele superar el puñado de meses, nos resultan imprescindibles. Llegamos a preguntarnos cómo es posible que hayamos vivido tanto tiempo sin su compañía, su saber estar. Pero después se van tal y como llegaron, en mitad de un parpadeo, y así es como debe ser pues nadie cuestiona su camino. Vienen, nos dan y se van.

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Y finalmente están los amigos, a secas. No nos importa demasiado de dónde vienen o qué los trajo hasta nosotros. Ellos simplemente están porque así debe ser, porque no existe otra posibilidad. Nuestra armonía cuenta con su presencia y su papel a menudo es más importante que el de muchos familiares directos. La confianza rebosa y la honestidad excede los límites de la cordialidad. Con frecuencia, una mirada es suficiente para captar la angustia o el mensaje que nos envían y no existe un secreto que les podamos guardar. Son compañeros de vida, almas gemelas. Son absoluta y rotundamente imprescindibles y no verlos nos molesta. Junto a ellos sale nuestro auténtico yo. Nunca estás solo si cuentas con uno de ellos.

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Todos los amigos son un regalo, un pequeño tesoro que nos abruma y nos contagia alegría y felicidad. Un buen amigo es incondicionalidad, es me quedo cuando todos se van. Son el color en días grises, la música en silencios incómodos. Son ser y son estar.

Es muy duro separarte de ellos cuando sabes que vas a tardar en regresar, pero cuentas con la dulce seguridad de que estarán ahí cuando vuelvas.

Ahora que cada uno de nosotros está tomando su camino, ahora que somos jóvenes y estamos llenos de inquietudes, nos abrazamos más fuerte que nunca. Ahora que sentimos que nos perdemos, que cambiamos por momentos. Ahora que nos abruma la inmensidad de la vida, la necesidad de escoger. Ahora que tenemos miedo y hambre de vida a la vez. Ahora, en este preciso momento, nos damos la mano y cogemos impulso juntos.

No hay adiós, hay hasta pronto.

Iris del Olmo.

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