Mi mochila y yo

Viajar es y será siempre un regalo para mi. Puede ser un regalo inesperado, un capricho intencionado o un consuelo para el alma. Una manera de escapar…
¿Qué buscamos cuando viajamos? ¿Qué buscaba yo cuando me subí sola a un avión tras otro, con una mochila de trece kilos a cuestas y el dinero justo en el bolsillo? Desde luego no buscaba lo mismo cuando planeé ese viaje que cuando llegó el momento de emprenderlo… Pero así es la vida, traviesa e infinita.

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Costa Rica fue un reto desde el principio. Nada más llegar al aeropuerto, en plena noche, un batiburrillo de taxistas bajitos y rollizos me acosaron cual última liebre ante una familia de tigres. Me pesa reconocer que era la primera vez que dormía en una habitación compartida en un hostel cuya atmósfera desprendía el aroma a calcetín húmedo al que todo mochilero es inmune. Sola y en silencio, me instalé en la litera superior y me convencí de que sí, eso era lo que quería, allí era donde quería estar. Escribiría, leería, conocería gente y descubriría sitios mágicos. Saldría mucho de fiesta. Me olvidaría de todo el mundo. Sería egoísta. Muy egoísta. Súper egoísta.
Al día siguiente me deslicé dentro de un vestido de flores, me crucé el bolso y me lancé a las calles con la seguridad falsa de todo novato.

San José resultó ser la ciudad más fea que he visto en mi entera vida. Cutre, pobre y sucia, intenta modernizarse entre escombros y edificios grises. Es tan ridículamente fea, que despierta ternura.

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Intenté mantener los ojos muy abiertos para no perderme detalle. Caminé y me perdí. Entré en una iglesia y me senté. Escuché el llanto desesperado de una mujer que me rompió por dentro antes incluso de que le viera el rostro. Volví al hostel exhausta, me pedí una cerveza y me desplomé sobre una hamaca frente a la piscina. Una hora después ya formaba parte de un grupo de desparejados europeos que se encaminaban hacia las costas del pacífico, ¡como yo!

Ya no volví a estar sola, fue imposible. Escribí lo justo, leí menos. Caminé como si en ello me fuera la vida, cargando con la bestia jorobada que ya formaba parte de mi. Hablé hasta que me dolió la lengua. La perplejidad me abrazó ante mis propias palabras. Grité y guardé silencio ante monos, cocodrilos y perezosos. Escuché fascinantes historias de personas aún más fascinantes. Comí más que bebí, para mi sorpresa. Intenté perder la cordura, como en viajes anteriores, y pese a que en algún momento monopolicé la noche con saltos prohibidos en piscinas mal supervisadas, y aunque un señor de nacionalidad indescifrable con sombrero de Santa Claus casi me echa del karaoke por pesada, me porté bien. No porque quisiera portarme bien, qué va. Es que la vida tenía un plan. Así que pensé. Asumí una vez más que en esta vida todo son etapas, y que evolucionamos. Gracias a Dios, evolucionamos. Y sin darnos cuenta caminamos hacia el lugar en el que el destino nos espera, recostado en una postura grosera y con una mueca de prepotencia demasiado forzada. Pensé y pensé durante interminables trayectos de autobús en los que el verde y los plátanos monopolizaban el paisaje. Desestructuré de nuevo erróneos esquemas mentales, abrí los ojos sorprendida al comprender sencillas conclusiones a las que me había costado tanto llegar. Me desnudé ante mí misma y sonreí, abrumada por el cariño que me tengo. Qué mágica es la vida, qué bonito es vivir.

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Después me crucé al caribe, me reencontré con viejas amistades procedentes de lejanos países y reí hasta llorar. Me treparon tarántulas por el pie que me provocaron incontables horas de escalofríos y picores. Caminé por la jungla de noche, me duché en ella con una manguera de chorro frío y dormí entre sus sonidos escalofriantes. Soñé con arañas. Me despertó el zumbido de un helicóptero. Uy no, espera, era un insecto peludo. Madre mía.

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Al final conecté más que otra cosa. Con los míos y conmigo misma. Me autovalí en un contexto de retos constantes. Me confundí, me negué, intenté frenar mi mente. Grité y lloré, de frustración y de felicidad a la vez, ¿es eso posible?
Qué feliz que soy. Qué feliz volví. Subí al avión y me reí sola. El mundo está lleno de amor, todos lo estamos.
Una vez leí un artículo que defendía lo importante que es realizar un viaje solos al menos una vez en la vida. Recuerdo que pensé que lo importante era encontrar el momento para hacerlo. Como si eso fuera posible. El momento te encuentra a ti.

Tú busca lo que quieras, y encontrarás lo que necesites.

Iris del Olmo

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My backpack and me

Traveling is and will always be a gift for me. It can be an unexpected gift, an intentional treat, or a consolation for the soul. A way to escape… 

What are we looking for when we travel? 

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What was I searching for when I boarded one airplane after the other alone, with a thirteen-kilogram backpack, and the bare minimum amount of money in my pocket? I certainly was searching for something different when I set out upon this voyage than what I was looking for when I planned the journey… But such is life, mischievous and infinite. 

Costa Rica was a challenge from the beginning. As soon as I landed at the airport, at the dead of night, an assortment of miniature taxi drivers overwhelmed me as if I was the last hare before a family of tigers. It pains me to accept that that was the first time that I slept in a shared bedroom in a hostel whose atmosphere gave off the smell of moist socks which every backpacker is immune to. Alone and surrounded by silence, I took over the top bunk bed and convinced myself that yes, that was what I wanted, that was where I wanted to be. I would write, read, get to know people, and discover magical places. I would go out a lot. I would forget about all of the world. I would be selfish. Very selfish. Super selfish. 

The next day, I changed into a flowery dress, strapped on my purse, and launched myself on to the streets with the false sense of security of a complete novice. 

San José turned out to be the ugliest city I have seen in my entire life. Cheap, poor, and dirty, it attempts to modernize itself between debris and grey buildings. It is so unbelievably ugly, that it inspires sympathy.

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I tried to keep my eyes open in order to not lose out on any details. I walked around and got lost. I went into a church and sat down. I listened to the desperate cry of a woman who broke my heart even before seeing her face. I returned to the hostel exhausted, ordered a beer, and collapsed into a hammock in front of a pool. An hour later I formed part of a group of solo Europeans who were headed towards the Pacific coast, just like me!

I never returned to being alone, it was impossible. I wrote exactly what was needed, I read less. I walked as if walking was my life, marching forward with the humpbacked beast which had already formed part of me. I talked until my tongue started hurting. The perplexity of embrace before my very own words. I yelled and guarded my silence in front of monkeys, crocodiles, and sloths. I listened to fascinating stories of people who were even more fascinating. I ate more than I drank, to my surprise. I attempted to lose my sanity, like in previous trips, although I monopolized one nighttime moment with prohibited jumps into badly supervised swimming pools, and even though a man with an unknowable nationality with a Santa Claus hat almost kicked me out of karaoke for being stubborn, I behaved well. Not because I wanted to behave well, no way. It’s just that life had a plan.

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That’s what I thought. I assumed once more that in this life everything comes in sections, and that we evolve. Thanks to God, we evolve. And without even realizing it we walk towards the place in which our destiny waits for us, balancing in a grotesque posture and with a fake prepotent grin. I thought and I thought during endless bus rides in which the color green and bananas monopolized the landscape. I detached myself from new erroneous mental schemes, I opened my eyes surprised after understanding simple conclusions which had cost me so much to arrive at. I became naked in front of myself and smiled, overwhelmed by the care I have. How magical is life, how beautiful is it to live. 

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After, I crossed over to the Caribbean and reunited with old friendships coming from far away countries and laughed until I cried. Tarantulas crawled around my feet, causing me hours of chills and itches. I walked through the jungle at night, I showered in it with a  cold spurt of water and slept between its chilling sounds. I dream of spiders. The rumbling of a helicopter woke me up. Oh no, it was something hairy. My God. 

At the end I became attached more than anything else. With my relationships and with myself. I became stronger in the context of constant challenges. I became confused, I denied myself, I attempted to slow down my mind. I yelled and cried, of frustration and happiness at the same time, is that possible? How happy I am. How happy I returned. I boarded the airplane and laughed to myself. The world is full of love, we are all full of love. I once read an article that defended the importance of taking a trip alone at least once before death. I remember thinking that what was important was to find the moment to do it. As if that was possible. The moment finds you. 

Look for what you want, and you will find what you need.

Iris del Olmo

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