Dos españolas y una caravana en Estados Unidos

Mucho antes de saber que a mis veintidós años me mudaría a California, muchas noches me dormí en mi cama de Barcelona soñando que algún día me iría unos meses de vacaciones a Estados Unidos, alquilaría una caravana y me cruzaría unos cuantos estados con la casa a cuestas. Quién me iba a decir a mí que, a los dos meses de llegar a San Francisco, un amigo de la familia con la que vivo se ofrecería voluntariamente a prestarme su caravana, totalmente gratis, durante mis vacaciones.

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La que hoy ya es como una hermana en esta magnífica experiencia, tardó el tiempo que requiere un parpadeo en comprarse un vuelo desde New Jersey hasta California, desde donde emprenderíamos nuestro road trip.
He tardado en escribir este post, precisamente, porque me cuesta encontrar las palabras para describir ese viaje sin que el post se limite a: INCREIBLE INCREIBLE INCREIBLE INCREIIIIIIIBLE.
Recogí a Aitana en el aeropuerto de San Francisco a las nueve de la noche, cargamos la caravana de ropa e hicimos la primera parada en Safeway. Llenamos la nevera con más de cuarenta cervezas y empezamos a conducir.

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Condujimos toda la noche, parloteando atropelladamente, dominadas por la emoción. Condujimos y condujimos interrumpiendo nuestro viaje tan solo con breves paradas para repostar. El sol ya iluminaba la costa de California cuando aparcamos frente a una playa, a las afueras de Santa Barbara, para echar una breve cabezadita.
Amanecimos frente al mar el 4 de julio, el día más importante en los Estados Unidos. Paseamos por el centro de la ciudad, fascinadas por la exuberancia de sus adornos y excesos patrióticos. Nos dejamos llevar por la euforia infantil, hicimos fotos, nos hinchamos a tacos y nos lanzamos de nuevo a la carretera.

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Llegamos a Los Angeles justo a tiempo para la noche del sábado. Unos amigos ya nos esperaban para hacer una ruta de bares por Hollywood que culminaba en una discoteca de techno de dos pisos por la que aun siento una fuerte nostalgia. La noche fue, sencillamente, perfecta. El viaje no podría haber empezado mejor, la compañía era insuperable y las risas corrían por doquier.
Debo reconocer que algunas de las noches que le siguieron al viaje le fuimos un poco infieles a nuestra preciosa caravana, pues pudimos alojarnos en casa de Eric, un precioso rincón en lo alto de Los Angeles que por las noches se convierte en uno de los miradores más bonitos en los que he tenido el privilegio de estar.

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Durante los días que pasamos en LA, paseamos por Redondo beach, Venice beach, Santa Mónica y Hollywood. Perseguimos atardeceres maravillándonos con el espectáculo de colores que ofrece el sol sobre el pacífico. Lo dimos todo en el Karaoke, pero lo bordamos más en el coche, bailándole a la Go Pro mientras avanzábamos por carreteras escoltadas por palmeras vertiginosas.

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Después nos fuimos todos a San Diego, donde encajamos la caravana en plazas diminutas y nos decepcionamos ante la tristeza del downtown de una de las ciudades más famosas de California. Pero la pataleta se nos pasó cuando llegamos a La Jolla. Oh, qué maravilla. Playas perfectas para apasionados del surf, paseos preciosos bordeando dichas playas, tiendas encantadoras en casitas de techos bajos, leones marinos y coctelerías. Y más palmeras, por supuesto.
Me transporto al recordarlo…

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Al día siguiente nos despedimos de los chicos y de California, y las dos españolas, en pleno ataque de emoción, condujimos casi cinco horas más, adentrándonos en las profundidades del desierto, maravilladas por las interminables extensiones de piedra y tierra. Nuevo estado. Los alrededores de Nevada nos cautivaron desde el principio, pero nada que haya vivido hasta ahora se puede comparar con la primera vez que entras en Las Vegas, en noche cerrada, conduciendo una casa rodante. No, en serio. Las luces nos deslumbraron a más de diez millas de la ciudad. Sus edificios parecen recién construidos, los bordes de las calles están delicadamente adornados por preciosos matorrales de plantas con motivos de los lugares en los que se ambienta cada hotel. Millones de carteles te invitan con insistencia a entrar en los casinos, exageradamente ostentosos. Preciosas fuentes con saltos de agua convierten cada esquina en un espectáculo. Las calles están abarrotadas de gente, no importa el día ni la hora. Y siempre hay música acompañando a los peatones al pasear. Las Vegas es un lugar construido única y exclusivamente para el ocio humano. Todo gira entorno a un mismo concepto: el placer. Por supuesto, la base del placer que puedes hallar en Las Vegas es el consumismo, pero si por unos días decides rendirte ante sus encantos, la diversión y los buenos momentos están asegurados. Nos pasamos tres días seguidos asistiendo a fiestas, nocturnas y diurnas, en ropa y en bikini, en casinos y en azoteas de altos edificios, y sin gastar ni un sólo dólar. Conocimos gente de todos lo países, bailamos hasta desgastar las suelas de los zapatos y nos reímos a carcajadas, maravilladas ante lo sencillo que es ser feliz cuando el momento presente es el único que cuenta. Bueno, sí, las circunstancias también facilitaban el camino.

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Pero no todo fueron facilidades. El último día de nuestro viaje lo pasamos en una pool party de lo más cool, después decidimos despedir Las Vegas a lo grande y nos pegamos una comilona, a todas luces fuera de nuestro presupuesto, en la terraza de un buen restaurante italiano. Sí señor.
Volvimos a la caravana dispuestas a emprender el largo viaje de vuelta a casa de un solo tirón, pero la vida es una caja de sorpresas insaciable.
Toda la pasta italiana me bajó de golpe a los pies al sentir los cristales crujir bajo mis chanclas y comprobar que la puerta de la caravana estaba abierta. Alguien había decidido que nuestro viaje estaba excediendo los limites de la perfección y decidió romper el cristal de la cabina del conductor y robar la radio ¿En serio?

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Primero el pánico al comprender que sí, eso estaba pasando de verdad. Alguien había reventado el cristal de mi preciosa casa rodante. Uy no, espera, que no es mía. Después la risa nerviosa, y más tarde, la aceptación. Resumiendo la parte dramática, diré que ni siquiera el percance nos frenó de emprender el camino de vuelta a casa, pues Aitana tenía que coger su vuelo de vuelta a New Jersey y nos quedaban ocho horas en la carretera. Así que paramos en una gasolinera, pedimos cajas de cartón y cinta aislante y apañamos una persiana provisional.

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Le dije a Aitana que subiera a descansar en la cama, que la despertaría en un par de horas, pero me puse a conducir y no paré durante seis horas y media. Sin música y sin ventana. Tenía tanto en lo que pensar, que no necesitaba más que el tiempo y la soledad. Avancé por el desierto y vi ponerse el sol entre montañas pedregosas: todo un regalo para las pupilas. Analicé mi viaje y todo lo que había llegado a sentir, la gente con quien lo había compartido, lo extremadamente feliz que llegué a ser. Qué más daban una ventana y una radio, pagaría por ellas y se acabó. De todo se aprende en esta vida, y ese último contratiempo nos recordó que hay que estar preparados para todo, y que nunca nada es tan horrible. Que un problema no es problema si existe una solución.

Lo conseguimos, llegamos a casa sanas y salvas. Sin multas descabelladas ni golpes de aparcamiento. Nos habían robado, pero no había sido culpa nuestra, y lo solucionamos en un sólo día.
No importa cuánto llueva, ninguna tormenta podrá arrasar nunca con todos los recuerdos y emociones que almacené a lo largo de esa maravillosa experiencia. Y no sólo porque estén meticulosamente detallados en mi diario, sino porque ocupan y ocuparán siempre un sitio sagrado en mi memoria, dentro de ese inmenso apartado llamado Nada es demasiado bueno para ser real.

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Two spanian girls and a camper in The States

Much before knowing that at twenty-two years old, I would move to California, I spent many nights in my bed in Barcelona dreaming that one day I would spend a months in the United States on vacation, I would rent a trailer, and travel across various states. Who could have told me that, two months after arriving in San Francisco, a friend of the family who I live with would offer to lend me his camper, completely free, during my vacation. 

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A girl who is now like my sister in this incredible experience, immediately bought a flight from New Jersey to California, where we would start our road trip. 

It’s taken me a while to write this post because it is difficult to find the words to describe this journey without limiting the post to: INCREDIBLE, INCREDIBLE, INCREDIBLE, INCREEEEEDIBLE. 

I picked up Aitana in the San Francisco airport at 9pm, we filled the trailer with clothes, and we made the first stop at Safeway. We filled the fridge with more than forty beers and began to drive. 

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We drove all night, talking nonstop, dominated by the emotion. We drove and drove, only interrupting the journey with short fuel stops. The sun had already illuminated the California coast when we parked in front of a beach outside of Santa Barbara to take a quick nap. 

We woke up in front of the sea to the 4th of July, the most important day in the United States. We walked through the middle of the city, fascinated by the exuberance of its excess patriots. We let ourselves be carried by infantile euphoria, took pictures, filled ourselves with tacos, and went off again on the highway. 

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We arrived in Los Angeles on Saturday night. Some friends were already waiting for us to do a bar crawl through Hollywood which was topped off by a visit to a two-floor techno club of which I still feel nostalgia. The night was, simply, perfect. The trip could not have started better, the company was great, and there was a lot of laughing. 

I must admit that a few days during the trip we were unfaithful to our precious caravan, as Eric let us stay at his house, a precious place in the Los Angeles hills which at night adopted one of the most beautiful views I have ever had the privilege of seeing. During the days we spent in LA, we walked around Redondo Beach, Venice Beach, Santa Monica, and Hollywood. We pursued marvelous sunsets with the show of colors that the sun offers above the Pacific. We gave it all in Karaoke, but we went even harder in the car, dancing in front of the Go Pro while we went down streets shaded palm trees.

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Afterwards, we went together to San Diego, where we fit the camper into tiny areas and we were disappointed with the sadness of the downtown of one of the most famous cities in California. But the sadness passed by us once we reached La Jolla. Oh, what a marvel. Perfect beaches for surfers, beautiful trails bordering said beaches, cute little stores with low roofs, sea lions and cocktail bars. And more palm trees, of course. 

Remembering it transports me… 

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The next day we said bye to the guys and to California, and us, the two Spaniards, completely overwhelmed by emotion, drove almost five more hours, losing ourselves in the depths of the desert, amazed by the never ending extensions of stones and dirt. A new state. The surroundings of Nevada captivated us from the beginning, but nothing I have been through before can compare with the first time entering Las Vegas, in a dark night, driving a house with wheels. No, seriously. The lights reveal more than ten miles of city. Its buildings appear to be recently built, the borders of the houses are delicately adorned with precious plants with the motives of those places in which each hotel has ambience. Millions of posters invite you to enter in the casinos, exaggeratedly ostentatious. Beautiful fountains with squirts of water convert each corner into a spectacle. The roads are full of people, regardless of day nor hour. And there is always music joying pedestrians. Las Vegas is a place created exclusively for free time. Everything revolves around one concept: pleasure. Of course, the base of pleasure that can be found in Las Vegas is consumerism, but if, for a few days, you decide to surrender yourself to its enchantments, having a good time is guaranteed. We spent three days straight at parties, at night and day, in clothes and bikini, in casinos and rooftops, and without spending a single dollar. We met people from all over the world, danced to the point of ruining the soles of our shoes, and laughed heartily, amazed at how easy it is to be happy when the current moment is the most important. Well yeah, the circumstances also facilitated the journey. 

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But not everything was easy. We spent the last day of our journey in a very cool pool party, after we decided to say bye to Las Vegas and had a large meal, way too large for our budget, on the terrace of a good Italian restaurant. Yes sir. We returned to the trailer ready to complete the long journey back to the house in one trip, but life is a box of surprises. All of the Italian pasta I had felt to my feet when I felt the glass crunch against my flip-flops and saw that the door of the caravan was open. Someone had decided that our journey had exceeded the limits of perfection and had broken a window and stolen the radio. Seriously?

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First, I felt the panic of understanding that yes, this was happening for real. Somebody had broken the glass of my precious house on wheels. Oh no, wait, it isn’t mine. After that, the nervous laughter, and later, acceptance. Resuming the dramatic part, I’ll say that not even the accident stopped us from heading back home, because Aitana had to catch her return flight to New Jersey and we had eight hours left on the road. We stopped at a gas station, ordered cardboard boxes and tape and we set up provisional blinds.

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I told Aitana to go up and rest on the bed, that I would wake her up in a few hours, but I got to driving and didn’t stop for six and a half hours, without music and without a window. I had so much to think about that I only needed time and solitude. I advanced through the desert and saw the sun set between rocky mountains: a gift for the eyes. I analyzed my journey and everything I had come to feel, the people with which I had shared it with, the extremely happy person I had become. A window and a radio didn’t matter much, I would pay for them and that would be that. Everything can be learned from in this life, and that final obstacle reminded us that one must be prepared for everything, and that nothing is ever too terrible. That a problem is not a problem if there is a solution. 

We made it, we arrived at home safe and sound. Without dumb fines nor fender benders. They had stolen from us, but it had not been our fault, and we sorted it out in a single day. 

It doesn’t matter how much it rains, no storm could devastate the memories and emotions that woke up with in me during this wonderful experience. And not only because they are meticulously written out in my diary, but also because they will always occupy a sacred space in my memory, inside of that immense department called Nothing is too good to be real.

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Iris del Olmo

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One comment

  1. carmem · septiembre 2, 2015

    Guapísimas, una ventana es muy pequeña para borrar amaneceres, di que sí. Te quiero

    Le gusta a 1 persona

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