Mi autoestima contra la tuya

A lo largo de los últimos dos años he visto el tiempo pasar sin piedad, arrastrándome a una velocidad de vértigo a través de las horas y los minutos, mientras vivía las mejores experiencias de mi vida, suplicando clemencia, arraigándome a cada imagen, degustando cada sabor, dejando que emociones hasta la fecha desconocidas fluyeran en mi interior,  cargando de energía cada célula de mi cuerpo.

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En el transcurso de dichas experiencias he visto múltiples versiones de mí misma. He conocido a mi yo más divertido, el más interesante y plurifacético, fiel apasionado que me sumergía en profundas jornadas de fascinación por paisajes inéditos y colores intensos, capaz de hacerme llorar de pura euforia. Pero también he visto, ineludible, esa cara oscura de mi persona que tanto me cuesta aceptar como mía: egoísta, insegura. He conocido a mi yo más cobarde, capaz de salir huyendo de una situación brillante con tal de ahorrarse un posible desenlace doloroso.

Innata de esquemas mentales poco flexibles, he tenido que rediseñar mi autoimagen repetidas veces con tal de adaptarlo a la innegable realidad que me rodeaba, a veces resignada, otras muchas orgullosa, con el mentón bien alto, observando con gratificación esa versión tan satisfactoria de mí misma.

Negociando con mi ego a cada nueva adaptación cuán aceptables eras esos nuevos matices.

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Nunca supe si le pasaba a todo el mundo, pero desde que era pequeñita tendía a pensar que esa doble polaridad en la autocrítica era algo mío, y tal vez de un puñado más. Asumía con naturalidad que muchos carecían de inseguridades, que se amaban con esa incondicionalidad que insinúa una actitud bien ensayada. Me sucedía, especialmente, con aquellos a los que admiraba, los que me gustaban. No cabía en aquellas estampas de pureza posibles sensaciones de carencia.

Como si sólo yo dudara de mí misma.

¿Será que me quiero menos, y por eso veo en mí aspectos negativos? ¿Seré una persona poco segura de sí misma? ¿Estará mi autoestima dañada, doblegada o susceptible?

Con el tiempo, y a base de mucho observar, he entendido que todos tenemos consciencia de nuestras debilidades. Momentos de duda, altas expectativas, pánico a la decepción. Lo que al final nos condiciona no es la existencia de éstas, sino la actitud con la que las gestionamos. Que una actitud arrogante no te intimide, que un papel bien representado no te engañe: todos hemos tenido el enorme placer de conocer al miedo en persona.

Al fin y al cabo todo gira entorno a una misma idea: aceptar lo que es.

Es tan fácil como entender que nuestra perfección nace tanto de los rasgos que nos gratifican como de aquellos que nos asustan.

Sin reto no habría evolución.

Iris del Olmo

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