Las relaciones no terminan, se transforman.

¡Qué pena que saliera mal!

Soy incapaz de contar las veces que he escuchado esas mismas palabras desde que lo dejé con mi ex americano y volví a Barcelona. ¿Cómo puede algo salir mal? Me he dejado la voz intentando explicarle a la gente que las cosas no salen mal, solo salen. Son lo que tienen que ser durante el tiempo que necesitamos que duren. Y digo necesitamos, y no queremos, porque la vida nos da aquello que nos conviene, no lo que se nos antoja.

O eso creo yo.

Que las relaciones no terminan, se transforman. Pasan de unas bases a otras porque fluyen como un ejemplo de lo que debería dominar el todo: el ser y el estar con lo que se nos pone delante. No somos animales con el don de la adaptación por pura casualidad. Nos apareamos para llevar a cabo un aprendizaje o un crecimiento, para compartir aportándonos los unos a los otros. Y es tan importante darse la mano cuando toca compartir sendero, como lo es saber soltarla cuando este se bifurca.

Justo antes de volver de California conocí a alguien que, al contarle que me separaba, me preguntó si creía que mi suerte me había abandonado. Le expliqué que mi vida es como una gran sesión de surf. Por lo general estoy encima de la tabla, surfeando la ola. En cada etapa, me deslizo sobre el agua con la confianza que me proporciona mi propia estabilidad, pero me dejo guiar por el mar hacia donde este decida llevarme. Pero ninguna ola, confesé, es infinita. A veces, el final llega gradualmente y puedo dejarme caer al agua con elegancia, sin rasguños. Otras veces, me lanzo a por olas tan bestias que el final llega en forma de revolcón brusco y trago agua, me mareo y tengo miedo durante unas décimas de segundo. Pero entonces saco la cabeza, me monto en la tabla y me pongo a remar, de vuelta hacia adentro. No importa cuán agresiva sea la caída, porque el subidón que te da la ola mientras te dejas llevar sobre ella, lo compensa todo. Siempre compensa. De esas décimas de segundo, mañana ni te acordarás. Pero esa sensación de libertad, esa paz, esa alegría, ese equilibrio: marcan la diferencia.

Ahora acabo de sacar la cabeza del agua, le dije. Me pican los ojos y tengo las bragas llenas de arena. Pero está todo bien, en breves volveré a estar surfeando la ola.

Lo importante es no perder las ganas de volver a remar.

Quién sabe cuán buena va a ser la próxima ola.

 

Iris del Olmo.

 

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What a pity it didn’t work out!

I can’t even count the times I heard those exact words since I broke up with my American ex and I returned to Barcelona. How can something “not work out”? I almost lost my voice trying to explain to people that things are never wrong, they just are. They are the way they have to be while we need them to be. And I say need and not want because life gives us what is convenient for us, and not what we have whims for.

Or, that’s what I believe.

Relationships don’t end, they just transform. They go from base to base cause they gush as an example of what everything should be: go with the flow. We aren’t adaptable animals for no reason. We connect to learn and grow, to share through interaction. And it is just as important to hold hands when our paths are shared as it is to let them go when they split.

Prior to returning from California, I met someone who, after I told him that my boyfriend and I were splitting up, asked me if I thought I had lost my good luck. I explained him that my life is like a big surf journey. I am usually on top of the tablet, surfing the wave. During every phase of my life, I slid on the water with the confidence of my stability, but I let the sea guide me wherever it decided to take me. But there is no endless wave, I admitted. Sometimes, the end comes gently and I can allow myself to be immersed elegantly in the water, without scratches. Some other times, I pounce on such big waves that the end comes as a hard tumble and I swallow water and get dizzy and, for a few tenths of second, I am afraid. But then I emerge, lay on the tablet and I start rowing, back to the inside. It doesn’t matter how strong the fall is, cause the adrenaline that the big wave gives you is so good that it is worth everything. It is always worth it. Tomorrow, you won’t even remember about those tenths of second. But that freedom, that peace, that balance and joy… those make the difference.

I have just emerged, I told him. My eyes itch and my panties are full of sand. But it’s all good, I’ll soon be on top of the wave again.

The point is to never lose the will to row.

Who knows how good the next wave will be.

 

Iris del Olmo.

 

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